|
Era mi intención publicar mi siguiente reseña cinematográfica, tal y como mencioné en mi anterior entrada. Sin embargo, la súbita noticia del fallecimiento de Paul Naschy a manos del cáncer me obliga a detenerme hoy para dedicarle algunas palabras.

No presumiré: no conocí a Paul Naschy hasta tan tarde como 2001, con motivo del estreno del slasher español School Killer, dirigido por Carlos Gil. Fui a ver la película con mi padre, que desde entonces me la recuerda como "esa cosa que me obligaste a ver". Sin embargo, lo cierto es que salí impactado por la siniestra y poderosa presencia de El Vigilante, personaje al que interpretaba un actor madrileño, desconocido para mí hasta entonces. No tardé en enterarme, por mi padre, de que a lo largo de una extensísima carrera marcada por el cine fantástico, este hombre ya anciano pero de porte imponente había sido una de las caras más reconocibles del cine fantástico europeo, y que su propia vida parecía sacada de una de las películas que él hubiera hecho.
Ocho años después, todavía no he llegado a ver una parte realmente significativa de la filmografía de Jacinto Molina (su nombre real, y con el que firmó la mayor parte de sus esfuerzos como guionista y director), pues es vastísima; con un total aproximado de 100 créditos como actor, 40 como guionista y 15 como director. Ayudado por su tamaño y su fuerza, el que llegó a ser siete veces campeón de España de halterofilia interpretó a toda una caterva de monstruos de terror, que le ganó comparaciones con los legendarios Boris Karloff (Frankenstein, 1931) y Lon Chaney (El Jorobado de Notre Dame, 1923). Su papel más célebre, sin embargo, fue el del hombre-lobo Waldemar Daninsky, al que interpretó varias veces desde su debut en 1968 con La Marca del Hombre-Lobo, dirigida por Enrique Eguiluz. Las aventuras de Daninsky, y del propio Naschy, continuaron en lugares tan improbables como el Japón feudal en La Bestia y la Espada Mágica, de 1983 y dirigida por él mismo, gracias a una vida de viajes que le llevó a vivir seis años en el país asiático, por ejemplo. No se limitó al género fantástico, además, sino que su vida le llevó por caminos tan variopintos como la comedia, el documental o el género policíaco. Este carácter polifacético se vería reflejado fuera de su carrera como cineasta, con varias historias cortas escritas y una poco conocida carrera como ilustrador en cómics y cubiertas de discos y libros. Quizá lo más importante es que durante el tiempo que su condición física le permitió, Naschy fue una personalidad tremendamente cercana al público - tuve la oportunidad de conocerle personalmente en el estreno del cortometraje La Duodécima Hora (2007), dirigido por Rodrigo Plaza y mi colega de redacción Juanma Ruiz; y me impresionaron la intensidad de su presencia y el tono poderoso y firme de su voz. Aportaciones a fanzines y cortometrajes, participaciones en eventos en España y en el extranjero y el hecho de que todavía estemos por ver el estreno de su última película, La Herencia Valdemar (2010, José Luis Alemán) contribuyen a que la trágica noticia de su muerte nos cogiese a todos desprevenidos.

En conclusión, me gustaría despedir a Paul Naschy como la persona que fue: un genio excéntrico y aventurero, que frecuentara amistades como Christopher Lee o Klaus Kinski; alguien a quien sin duda recordaremos mucho más por el legado de una vida dedicada al cine, las imaginaciones, monstruos e historias fantásticas, que por una simple noticia de mala mañana. Y sobre todo, alguien cercano que nos recordará para siempre el valor de vivir para aquello que amamos.
¡Descansa en paz, Paul!
|