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Una de las películas más aclamadas de los estudios Disney Pixar es Buscando a Nemo, una historia de búsqueda, tanto física como metafórica. La película co-dirigida por Andrew Stanton ha sido mil veces analizada como una preciosa metáfora de un padre sobre protector, que no deja a su hijo valerse por sí mismo. Este análisis, muy válido, no deja de ser meramente superficial y obvio. No es el fondo. El propio director afirmó que le llegó la idea en un momento en que su culpabilidad por pasar poco tiempo con su hijo y una visita a un acuario con éste le dieron la pista de que sobreprotegiéndole solo conseguiría arruinar los pocos momentos que tenían juntos.
La trama comienza cuando el pez payaso Marlin, se muda junto a su adorada esposa a un auténtico barrio residencial, lleno de niños, colegios y buenas familias. Esperan que nazcan sus pequeños para pasar una vida de plenitud juntos en la anémona recién adquirida. El terrible evento que azota a Marlin cuando su mujer y sus hijos, a excepción de uno, son devorados es el punto de giro Disney típico de la acción y el arranque emocional de la historia: un hogar desestructurado de nuestro tiempo, en el que el padre soltero cuida torpemente de su hijo. Sin embargo, arañemos esa preciosa superficie que es punto de partida. Es evidente que el miedo y la sobreprotección llevan a la formación de un hijo rebelde, que no quiere sentirse diferente, pero se siente auto-excluido del mundo por culpa principalmente de su padre. Para más inri, estamos hablando de un tullido, un discapacitado físico, que al tener una aleta más pequeña que otra no nada tan bien como los demás. La sobreprotección de un hijo frente a un mundo de peligros se eleva exponencialmente cuando ese hijo, además, parte con “desventaja” física. Pero esta película, no nos engañemos, no nos está hablando de limitaciones físicas. El auténtico subtexto de esta película son las limitaciones psicológicas que nos separan de nuestros objetivos vitales. Nuestras taras mentales, las de la sociedad actual, volcadas en peces de colores. Limitaciones que poseen el 90% de los personajes alrededor de Nemo, incapaces de vivir con normalidad, frente a un discapacitado físico, que es capaz de hacer todo cuanto se propone y con la mayor tranquilidad. Por tanto Buscando a Nemo no es Nemo, es Marlin. Si Marlin, en vez de pez fuera Brad Pitt, tendría un papelón de Oscar por su interpretación como enfermo obsesivo compulsivo. En su TOC (trastorno obsesivo-compulsivo), intenta enseñar a Nemo cómo, para salir de casa, ha de asomarse una vez para asegurarse y volver a entrar, asomarse una segunda, una tercera y así, cuantas más mejor. Además, debido a su tremendo trauma, tiene terror al océano, un poco de fobia social (ni siquiera es capaz de mantener una conversación normal con los padres en el patio del colegio) y, sobre todo, no confía en nada ni en nadie. Su necesidad de control del entorno le hace creer que él lo puede hacer mejor, que todo es su responsabilidad. Nadie puede hacer nada para ayudar. De esta manera pone en peligro a Nemo y el pequeño es secuestrado.
Para el aprendizaje de Marlin, para que por fin pueda confiar en los demás y, sobre todo, en su propio hijo, tenemos al secundario tarado más sublime de la historia de la animación: Dori. Ese pez azul con una maravillosa filosofía de vida y una memoria cero a corto plazo. Esa tara genética de Dori, que nos lleva a situaciones descacharrantes por el escepticismo de Marlin, esconde un problema mental atroz: ¿Tía Dori tiene alzheimer? No lo sabemos, pero lo que es seguro es que algo muy roto tiene dentro de la azul cabeza. Sin embargo, es de los personajes más lúcidos de la película: cuando existe un problema, “sigue nadando, sigue nadando” es su filosofía. También afirma lo absurdo de prometer a un hijo que nunca le pasará nada. “Es que entonces nunca le pasaría nada” dice con naturalidad. Es decir: “Marlin, la vida está fuera de tu control, nada y lucha, pero no prometas lo que no sabes”. A un personaje con un TOC lo peor en el mundo que le puede pasar es que se encuentre con el caos, con el libre albedrío. Nada puede controlar a Dori, ni siquiera ella misma. Es por eso que esta road movie marina se sostiene a las mil maravillas. Dori es la típica loca cuerda, la sabia, la elección de cada uno frente al determinismo en el mundo.
Pero se suceden los enfermos mentales y una pista explícita es la reunión de ayuda a tiburones vegetarianos, causa con la que Dori, por cierto, empatiza mucho. Tremenda pulla al mundo vegetariano radical, tremendo ánimo a los que sufren auto-rechazo. Los tiburones intentan desintoxicarse y no comer peces, algo que está en su naturaleza. Su propio ser les repugna, su autoestima es cero. Y por supuesto, como buen adicto en su terapia utilizan todo el vocabulario y frases hechas de una reunión de grupo de cualquier psicólogo: la negación, el “Me llamo Bruce” “Hola Bruce”, etc. Por supuesto, para curarse han de tener tremendas recaídas por el camino e intentar zamparse a nuestros protagonistas un par de veces. No están preocupados con su peso pero están preocupados por algo tan intrínseco a ellos mismos que tiene reminiscencias de los grandes trastornos alimenticios de hoy. No son tiburones bulímicos ni anoréxicos, pero casi.
Continuamos nuestro recorrido y llegamos a un banco de peces que realizan formaciones al unísono, que consiguen indicarles el camino gracias a Dori, pero que resultan de una individualidad tan nula que recuerdan a grandes organizaciones del mundo real. No tanto miembros de una secta como personajes que por pertenecer a un grupo social o político dejan diluir su personalidad en la masa, su voz y su decisión. No es un grado extremo de locura, pero a la larga, resulta problemático y alienante. Por fin llegamos a la tortuga. Aunque pueda parecer un hippy surfero, tiene las conexiones neuronales en su sitio, a diferencia del resto del reparto. Necesitamos aprender de ese padre que deja que su hijo salga de la corriente y se corta de ayudarle, para que él pueda arreglárselas y volver a entrar. Sin estrés, sin angustias. Y vaya que el pequeño Chiqui lo consigue y es un niño-tortuga sano y bien educado. Sin miedos. Las tortugas viven en paz, en calma. Con la tortuga es con quien Marlin conseguirá divertirse y relajarse por primera vez. Las tortugas dejan los huevos en la playa y solos, pero son padres ejemplares. El buen carácter y la paz mental, Pixar nos quiere remarcar, hace que una tortuga viva 150 años. Ningún otro personaje de la película vivirá tanto, por su genética en parte, por sus neuras y ataques por otro lado.Pero no es la única “persona” sana de la película. Por contraposición a los tiburones, tenemos al pelícano, amigo e informador de la pecera de la consulta del dentista.El pelícano, con una sonrisa, en la medida en que un pelícano sonríe, afirma haber podido intentar comer a Marlin en alguna ocasión y pide perdón por ello. Sabe que está en su naturaleza, pero lo hace sin rencor. Es muy capaz de controlar sus impulsos naturales de comer a Dori y a Marlin cuando les transporta en el pico. Él come para vivir, pero es un ave civilizada. Por el contrario, las estúpidas gaviotas y su canto de “mío, mío” las convierten en auténticos zombis, movidas por impulsos hacia la comida.
Para terminar, llegamos al sanatorio mental. Sin eufemismos. Los miedos y traumas de Marlin han conducido a Nemo a un auténtico psiquiátrico que es la pecera del dentista. Allí, peces de todo tipo lucen compulsivamente sus traumas de una manera abrumadora. Porque tenemos a una tierna pececita con desdoblamiento de personalidad o esquizofrénica (Deb), que piensa que su reflejo es otro pez (Flo) que, por cierto, le cae fatal. También hay un pez con obsesión compulsiva por la limpieza. Destaquemos que Pixar gusta de este trastorno y ya lo ha utilizado en numerosas ocasiones, desde Wall-e hasta el cuerpo especial de la CDA en Monstruos S.A. Pero no están solos. Tenemos otro pez que parece un poco autista (Bubbles) al que le fascinan las burbujas que salen de un pequeño baúl decorativo de dentro de la pecera y dedica su tiempo a ellas, intentar cogerlas, ver si están, dónde están, etc. Como en todo centro, cárcel o grupo, tenemos un líder. El líder, Gill, tiene el trauma más reconocible de todos, es un veterano de la guerra de Vietnam con enormes cicatrices cruzándole la cara. A diferencia de los demás, ha nacido en el mar y conoce la felicidad, la libertad del gran azul. Ha sufrido tanto, está tan obsesionado con la libertad, con salir de su cárcel de cristal (que bien podría ser él mismo su propio prisionero) que es capaz hasta de poner en peligro la vida del pequeño Nemo. Los fantasmas del pasado le atormentan y toma una figura maestro-discípulo, muy Obi-Wan y muy militar de cara a Nemo, sometiéndolo a pruebas para entrar en el clan y consolándole con pildoritas de sabiduría cuando éste echa de menos a su padre. Él también es un lisiado, perdió parte de su aleta, pero a diferencia de Nemo eso nunca le ha detenido.
Y así, entre chistes solamente destinados para dentistas, nuestros peces recluidos pasan el tiempo planeando una gran evasión. Nos recuerda a grandes películas clásicas de huidas de la cárcel .La clave de Nemo, por tanto, es planteada por el cabecilla del manicomio, Gill: “No nacemos para vivir encerrados. Nos desequilibra.” Por último, pasaremos muy por encima, la última “enfermedad mental” retratada, personificada en pequeña sobrina con braquets y es la psicopatía. También en Pixar, la psicopatía infantil es una recurrente. No hay más que recordar a Sid, el auténtico terrorista de juguetes en Toy Story. Darla, en Nemo, toma el relevo matando peces por docenas, con sus peligrosas carantoñas.
Llega la prueba de fuego en la que Marlin tendrá que confiar en Nemo: salvar a un montón de peces de unos pescadores y sobre todo a Dori. En ese momento Marlin está curado de su trauma, de su dolor.Recapitulando, Marlin ha aprendido que no puede apartar del peligro a su hijo, que algunos peligros son provocados por otros de manera inconsciente, como pasa con la ballena. Y que otros son peligros intencionados e inevitables. Pero, a partir de ahora, confiará en que Nemo burlará y saldrá por sí mismo de cada problema al que se enfrente. No volverá a anticipar sucesos catastróficos, puesto que ya ha vivido el horror mayor al que podía enfrentarse un padre. Por todo esto, Buscando a Nemo es una de las películas de reeducación de padres más efectiva y directa, pero no nos quedemos en eso: es también una disculpa hacia los hijos, para que intenten comprender los traumas de sus padres, sin reproducirlos, superándolos.
Y es que en Nemo, la figura del enfermo mental está maravillosamente tratada: hay locos morales siendo verdaderos héroes, locos amorales villanos, locos divertidos y absurdos junto a diferentes grados de locura y pequeñas obsesiones. Pero también hay personajes sanos e higiénicos mentalmente hablando, quienes no sólo no tienen miedo de los primeros, sino que conviven en paz. Sin aspavientos. A todo esto se tendrá que enfrentar un pescadito de nuestro tiempo. Es lo que hay y te puede tocar a ti.
En definitiva, de las mejores películas sobre desmitificación de las enfermedades mentales de la década y es que no en vano, bien sabe Pixar, que la locura es la plaga del siglo XXI. Y, frente a esto, no nos queda otra que apoyarnos y “seguir nadando”.
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