| El Test Voight-Kampff: Avatar o la Conquista del Oeste |
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| Cine - Artículos | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Por Juanma Ruiz | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Martes, 05 de Enero de 2010 00:56 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Empezamos aquí una serie de artículos que bien podría llamarse “mi peli friki es más profunda que todos tus dramones”. Nuestro test de Voight-Kampff pretende, al igual que el análisis que realizaba el blade runner Rick Deckard, desnudar el auténtico ser de las películas, buscar detrás de la mera fachada y, de paso, acercar dos mundos que muchos creen irreconciliables: el del análisis serio y el del cine que suele englobarse bajo la etiqueta “friki”; el tipo de cine, no nos engañemos, que nos gusta aquí en CineMaverick, y que queremos dignificar y reivindicar. Porque la fantasía, la aventura, el terror o la ciencia-ficción no están reñidos con la calidad y el arte. A lo largo de estos artículos repasaremos algunas de las películas “de género” más importantes y representativas, y trataremos de arrojar una mirada algo distinta sobre ellas, ver de qué nos hablan en realidad y mostrar que el cine, por lejano que parezca lo que retrata, siempre nos está hablando de la realidad más cercana. Para que no nos vengan con el cuento de “no me gusta la ciencia-ficción porque no habla de cosas reales”, que todos hemos oído mil veces. Y, como pistoletazo de salida, qué mejor opción que la película que ha levantado ampollas en todos los foros cinéfagos de la red: Avatar.
A día de hoy, la última película de James Cameron ha reventado ya las taquillas de medio mundo, y no parece que su meteórica carrera vaya a terminar pronto. Sin embargo, todos sabemos que cantidad no es sinónimo de calidad, y ya le han llovido palos por todas partes a nuestros bichos azules preferidos (con permiso de Pitufina), mayoritariamente orientados a la poca originalidad del guión. Como ya comentaba un compañero de redacción, el filme ha sido comparado hasta la saciedad con Pocahontas, pero lo cierto es que bebe de mil y una fuentes. Veamos unas cuantas:
Para empezar, el Aliens del propio Cameron, de donde saca al personaje de Michelle Rodríguez, calco de la inolvidable Vásquez, o incluso al de Giovanni Ribisi (un empresario que está dispuesto a todo por los beneficios económicos para su compañía, ¿os suena?), sin contar el robot gigante que maneja el villano de turno, similar al que usara Ripley para enfrentarse a la reina alien. Por otro lado, por supuesto, no se libran ni Star Wars ni El Señor de los Anillos, tanto en tono (¿a alguien más el final le recordó al Abismo de Helm?) como en referencias concretas (cierta “energía que conecta a todos los seres vivos”, ni Obi-Wan lo explicó con tanta claridad y concisión). Tampoco faltan, como ya apuntamos en la crítica de la película, temas sacados de la tradición y la literatura: El cuento corto La noche boca arriba de Julio Cortázar se ve citado casi directamente cuando Jake Sully nos dice que ya no sabe distinguir entre su vida real y su vida como avatar Na’vi.
Pero, como decíamos más arriba, una de las referencias más citadas en críticas y foros es el Pocahontas de Disney, al igual que Bailando con Lobos. Por supuesto, tanto éstas como la cinta que nos ocupa son historias sobre un protagonista de cultura y tradición blanca y occidental que se ve obligado a vivir entre una cultura indígena supuestamente enemiga, pero que acaba enamorándose de ella (de la cultura, pero por supuesto personificada en una bella nativa) y poniéndose de su parte, y en contra de sus propias raíces. Es innegable que las tres películas cuentan, con matices, la misma historia. No creo que nadie que haya visto Avatar no supiera (con o sin ayuda de trailers previos) a la media hora que todo esto le iba a pasar a Jake Sully. Así que negar la evidencia sería absurdo. Ahora bien, aquí viene algo que, probablemente, repetiremos hasta la saciedad en esta recién iniciada serie de artículos: ¿y qué? Todas, absolutamente todas las historias están ya contadas, escritas, dibujadas, filmadas y cantadas. Avatar no inventa nada nuevo, pero tampoco lo hizo la película de Kevin Costner. Es más, todo este proceso de asimilación de una cultura ajena y rebelión contra la propia podemos en mil obras y personajes, desde Centauros del Desierto o Un hombre llamado Caballo hasta el joven Will Turner (Orlando Bloom) de Piratas del Caribe.
Y, por otro lado, no creo que nadie piense que el parecido de la cultura Na’vi con la de los indios americanos ha sido una casualidad, ¿no? Está claro que el viejo Jim quería que estableciésemos, consciente o subconscientemente, esa conexión. No trataba de plagiar a Disney de tapadillo y salirse con la suya. Así pues, en lugar de indignarnos por el supuesto “timo” al que nos ha sometido el señor Cameron, debemos usar esta referencia como una nota al pie que nos ayude a entender de qué habla la película, y se trata de una sola palabra: colonización. No de extraterrestres, no de un señor paralítico, y desde luego no de planetas lejanos. Aquí se trata de nosotros, de una autocrítica feroz, de esas que sólo se pueden hacer fingiendo que hablamos de otro. Porque Pocahontas hablaba de los indios, pero cuando a los indios les añades varios kilos de témpera azul para que no sean indios, pueden ser cualquier otra cosa. De pronto, la limitación de simbolismo de la peli de Disney o la del lobo Calcetines desaparece, y, voilá, ahora, si queremos, podemos estar hablando no de Iroqueses, sino de Iraquíes, y no de la fiebre del oro, sino de la del petróleo. Esa, señores, es parte de la magia del cine fantástico. La próxima semana llevaremos nuestra máquina de Voight-Kampff a la Escuela de Jóvenes Talentos del profesor Xavier para hablar de la homosexualidad como razón de ser de X-Men. ¡No nos faltéis!
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