| La herencia Valdemar: ni subvención, ni talento / * |
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| Cine - Críticas | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Por Juanma Ruiz | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
| Lunes, 25 de Enero de 2010 22:40 | ||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||||
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Obviando torpezas puntuales (ese monstruo con un maquillaje digno del Skeletor de Frank Langella), es sintomático que no haya en toda la película un encuadre, una imagen o un movimiento de cámara destacables: la narración es, en el mejor de los casos, funcional. El fastuoso diseño de producción y la exquisita fotografía están al servicio de una narración insulsa. Y lo peor de todo: las interpretaciones son risibles. Es muy triste observar los esfuerzos de algunos excelentes actores como Óscar Jaenada, Silvia Abascal o Eusebio Poncela por resultar creíbles en sus papeles. Especialmente doloroso es el caso de Laia Marull, cuyo enorme talento queda absolutamente desperdiciado en un trabajo en el que se adivina que ha sido abandonada a su suerte por el director, más ocupado en gastar el dinero de su presupuesto que en arropar a sus intérpretes. Paul Naschy compone el papel más solvente, quizá porque estaba acostumbrado a dirigirse a sí mismo, y se muestra como uno de los pocos miembros del reparto que no ha perdido el norte, a pesar de la escasa relevancia de su personaje. Paco Maestre consigue alejarse con éxito del género cómico con el que se le asocia, con un Aleister Crowley algo sobreactuado pero en general digno, mientras que Jimmy Barnatán parece escapado de una entrega de Torrente, igual de desorientado que sus compañeros. Mención especial para un Bram Stoker (Lino Braxe) que parece un señor de Murcia.
Así, una premisa interesante queda ya absolutamente arruinada por el despropósito de la dirección de actores. Pero, por si eso no fuera poco, el guión acaba de tirar por tierra la película, con un absoluto desconocimiento de la estructura fílmica: hay dos planteamientos, ningún nudo, tan sólo medio desenlace… la artimaña de José Luis Alemán parece haber sido alargar un flashback explicativo que no debería haber durado más de cinco minutos hasta convertirlo en una película propia que se come a la trama principal, la de la tasadora desaparecida. Y lo cierto es que la historia del flashback no da para tanto: algo que se podía haber resumido en “Aleister Crowley hizo un ritual aquí” debería haber quedado como una breve explicación para los personajes del presente, puesto que de otro modo, se nos ofrecen dos medias películas: la de la desaparición de la joven, inconclusa a falta del estreno de la secuela; y la de la historia de la mansión, carente de guía y de sustancia. Saldrá, así, el espectador doblemente insatisfecho, y con dudosas ganas de pagar por ver el desenlace dentro de unos meses. Si éste es el cine español sin subvenciones, perdónenme, yo me quedo con el modelo tradicional. Lo mejor: La apuesta por un cine de género de alto presupuesto Lo peor: El resultado de la apuesta Nota: *
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