| La mujer sin piano: sonidos de un Madrid silencioso / ***** |
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| Cine - Críticas | ||||||
| Por Juanma Ruiz | ||||||
| Martes, 02 de Febrero de 2010 00:39 | ||||||
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La película mantiene, tanto en su guión (escrito de nuevo, como no podía ser de otra manera, a cuatro manos por Rebollo y Lola Mayo) como en su dirección, el gusto por los detalles feístas, sobreexplotándolos hasta extraer la belleza de ellos. Como esa estación sur de autobuses que nunca se ha visto bajo una luz más sugerente que la de la fotografía de Santiago Racaj. O la obsesión por filmar lo que no se ve, con personajes colgados al borde del encuadre o directamente fuera de él. Y, además, ahora el director se lanza a explorar territorios desconocidos para él, como los movimientos de cámara (material de análisis su travelling final) o la música extradiegética, usada en lo que casi parece una declaración de principios en contra de la grandilocuencia de la música de cine en general, y de determinado tipo de cine en particular. También el tratamiento del sonido merece algo más que una mención: el apartado más descuidado de tantas películas adquiere aquí casi la categoría de actor protagonista: no es tarea fácil encontrar la música de los silencios de Madrid un lunes a las cuatro de la madrugada. Pero es más que el sonido lo que llena de música a La mujer sin piano: el ritmo sincopado de su montaje (externo e interno), de sus diálogos, de sus acciones… todo se conjuga para, en una obra en que la música como tal tan sólo se emplea de modo irónico, acabar construyendo una verdadera obertura sinfónica. Es ésta una película en la que, como en el sobrerrealismo bretoniano, parece que los elementos afloran casi desde el subconsciente, que sólo conectan entre sí por la lógica de los sueños, y que precisamente por eso se abren a mil respuestas para cada una de las preguntas medio planteadas que sobrevuelan el metraje. Medio planteadas, porque no es un filme que dispare interrogantes, sino que más bien los apunta, como una conversación oída por encima del hombro en un autobús de madrugada. Temiendo quizá que al nombrarlos en voz alta se esfumen, como aquella vieja adivinanza sobre el silencio. Sabedor, en definitiva, de que la peripecia de una mujer perdida en la noche cobra más fuerza cuando el autor le roba su piano.
Lo mejor: cierto momento de música fuera de encuadre. Lo peor: la poca visibilidad de una obra mayor en el cine español. Nota: *****
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