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En la tómbola de la televisión nadie quiere quedarse sin regalitos. Y, si en la de la televisión española, nos estamos especializando en regalar en serie copias de Bart Simpson tuertas o perritos pilotos de los fatalmente hechos y feos, los estadounidenses se están especializando en regalar perritos bonitos, bien hechos y más simples que una mata de habas. Igualitos entre sí.
Por lo menos, ellos han recorrido el camino que va desde el genio artista en la ficción, hasta el artesano, dejando de lado, por lo general, el amateurismo en el que muchas veces, nosotros nadamos y nos ahogamos. El caso de Castle no es una excepción. Como tópica muñeca chochona, está muy bien acabada, pero de sosa, resulta hasta vulgar. En el sentido más anodino de la palabra. Castle está bastante bien pero no es nada nuevo y resulta demasiado fácil de digerir y olvidar. Un consumo demasiado rápido.
Y es que muchas veces, los creadores no regurgitan bien el agua de las fuentes en las que beben. Así, en Castle nos encontramos al guaperas chuleta y canalla, pero inmensamente inteligente, que se siente atraído por alguien mucho más racional, al que, por cierto, desquicia. No, no va de Han Solo. Tiene una hija adolescente, que es su vida y su alma: casualmente, además es una personita sabia y razonable en comparación con su locuelo progenitor. Redondearemos matizando que es un escritor de éxito que se encuentra en crisis creativa y divorciado.
Para empezar, no queremos ver Californication sin “fornication”. Así de claro. A mí no me apetece ver a un Hank Moody sin sexo, sin la metáfora que el mismo conlleva, sin la autodestrucción física y emocional, sin esa devastadora melancolía hacia el amor perdido, sin esa unión celestial con su hija. Despoja a Californication de eso y mete crímenes. Y eso que Nathan Fillion (cruelmente conocido como “el cancela-series”) levanta la serie él solito, de un 3 a un 6,5 muy digno. Pero un actor solo no puede hacer más. Es bueno a rabiar, pero está inmerso en una serie tópica de crímenes que reúne cada lugar común, en la que a cada minuto rezas para que no te cuente lo que esperas. Algunas veces es genial saber que te van a dar lo que esperas, como en House (Holmes, Jessica Fletcher, otros grandes referentes). Pero los personajes lo son todo, y la acción, un componente que los abraza. Si los personajes están vivos, sus acciones también lo estarán. Los mortales no queremos ver tanto a seres deslumbrantes sin más, como a seres deslumbrantes sufriendo, más que tú mismo. Desde la Grecia clásica. Por eso en House, el caso de cada capítulo engancha, pero lo que quieres es verle a él, con dolores, con conflictos emocionales, con su “tierna” relación con Wilson, Cuddy, 13 y con quien venga a tenor soltarle una fresca. 
En este caso, Castle es un escritor de novelas de crimen que toma por costumbre acompañar a una detective de la policía, Beckett, seria y profesional, que le encuentra irresistible, por cierto, mas se resiste, claro. La tensión sexual no resuelta es uno de los mejores inventos de la televisión y si bien desde Luz de luna o Remington Steele hasta Mulder y Scully, pasando por Bones, hemos devorado series por ella, no queremos que el pescado esté vendido desde el piloto. Yo muchas veces llegué a dudar sobre lo que pasaría con Ross y Rachel, y es que podía haber pasado cualquier cosa, como de hecho pasó. Aquí, la parejita protagonista se enreda constantemente en una serie de diálogos demasiado rápidos, pero no lo suficiente (que superen a las Chicas Gilmore si hay narices), demasiado grandilocuentes, pero no lo suficiente, para que sepamos que se gustan. Es todo tan medido y está tan controlado, de guión e interpretación, que no me trago que esos dos se gusten. Veo los hilos y ya no entro en vuestro títere. Lo siento. Después, a pesar de ser una serie pulcra, limpia de concepto y trabajada, que sigue las directrices de “el manual del guionista”, se permite ser excesivamente auto-explicativa (personalmente, eso me revienta). Evidentemente necesitas que uno sea un truhán y el otro una persona contenida para crear conflicto, pero yo quiero verlo, no que me lo cuente un compañerito de la oficina de policía: "¡Madre mía, con lo que te gusta a ti tener las cosas bajo control, te han metido un compañero que es todo lo contrario!" No vaya a ser que alguien no se haya dado cuenta. Y es que en Castle veo una oportunidad muy desaprovechada. El director del piloto es Rob Bowman, que viene de Expediente X y se mueve reproduciendo, con peor suerte, el estereotipo. Bebe mucho y no digiere bien a Bones, House, Californication, Life, El mentalista, Lie to me, etc. para resultar una serie muy correcta que no emociona. Y para series de investigar crímenes ya tenemos a Grissom o Forensic Files.
Pero cómo no, hay puntos que me han gustado, mucho. Por algo tiene mi 6,5. Y a los creadores debe ser que no, porque no le prestan la menor atención. Para empezar, los asesinatos que investigan, la puesta en escena, es absolutamente poética y muy original, por lo menos en los capítulos que llevo vistos. Una mujer tiroteada, desnuda y cubierta con pétalos de rosa por todo el cuerpo y dos girasoles en los ojos, en el piloto, o una mujer muerta, girando en la secadora de la lavandería, muy lentamente. Son absolutamente preciosistas y, para mí, fascinantes. De hecho el piloto, en cuanto a trama, resulta mucho más interesante por su nivel emocional que los siguientes capítulos. Yo rezaba porque la trama del piloto no se solucionara fácilmente y la extendieran una temporada con cliffhangers de lo más angustioso. No fue así, la cortaron, en un anodino (en comparación) esquema de capítulos autoconclusivos. Una trama tan buena daba para una temporada, corta, pero daba. Al cerrarla rápido, parece un mero pretexto de unión de protagonistas sin más.
Los personajes que más me han gustado y me interesaban más, no han tenido más de tres frases (aparte de Fillion, claro). Son la ex-mujer cruel, la sensata hija y, especialmente, la abuela fiestera, que vive con ellos, interpretada magistralmente por Susan Sullivan (Maggie Channing en Falcon Crest). De hecho, me parece que hay más magia en las escenas en las que abuela, hijo y nieta conversan sobre los asesinatos que cuando “la pareja” que forma Fillion con Stana Katic se tira pullas cargadas de deseo escondido. Sí, ella tiene un pasado atormentado y será su musa. Un poco con calzador. De todas maneras, también se ha desdibujado a los compañeros de la policía de Beckett, muy tópicos y tan intercambiables...
Me encanta la metatextualidad del piloto. Esa canallada de insinuar que es el escritor el que tiene más “ojo” para la vida y para resolver los asesinatos que la misma policía, tan estricta siempre y profesional. Destaco, además, la secuencia en la que Castle juega al póker con otros escritores de best-sellers reales, como James Patterson y Stephen J. Canell, y sueltan píldoras sobre cómo debería ser la resolución del caso real, solamente porque la historia de la novela posterior resultara más interesante.
Tendría que darle más oportunidades, por si levantara el vuelo.Pese a todo, resulta una serie entretenida. Yo creo que desde Flashforward le he cogido un poco de manía a los polis en las series, sinceramente. Me voy a tener que meter en vena Canción triste de Hill Street para que se me pase un poco. Bendito seas Steven Bochco. 
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